¿PORQUÉ ENSEÑAMOS LA HISTORIA DEL HOLOCAUSTO?

Puesto que el objetivo de enseñar cualquier sujeto es activar la curiosidad intelectual del alumno para inspirar un pensamiento crítico y un crecimiento personal, es de aconsejar que se estructure el plan de clase considerando profundamente algunas cuestiones de propósito. Antes de decidir qué y cómo se enseña recomendamos que se considere lo siguiente:
Entre las diversas razones ofrecidas por los educadores que han incorporado un estudio del Holocausto en sus varios cursos y disciplinas están los siguientes:

- El Holocausto fue un punto decisivo, no sólo del siglo XX sino de la historia de la humanidad por entero. Fue un intento sin precedente de asesinar un pueblo entero y de extinguir su cultura.

- Un estudio del Holocausto ayuda a los alumnos a pensar sobre el uso y el abuso del poder y el papel y las responsabilidades que tienen los individuos, las organizaciones y las naciones al enfrentarse con violaciones de derechos civiles y/o políticas genocidas.

- Estudiar el Holocausto ayuda a los alumnos a desarrollar un entendimiento de las ramificaciones del prejuicio, el racismo y los estereotipos de una sociedad. Ayuda a los alumnos a desarrollar una conciencia del valor del pluralismo y les anima a la tolerancia en una sociedad diversificada y plural.

- La historia del Holocausto demuestra como una nación moderna puede utilizar su experiencia tecnológica y su infraestructura burocrática para ejecutar prácticas destructivas que abarcan desde la ingeniería social hasta el genocidio.

- El Holocausto provee un contexto para explorar los peligros del silencio, la apatía y la indiferencia frente a la opresión de otros.

- Al ganar conocimiento de los muchos factores históricos, sociales, religiosos, políticos y económicos que acumulativamente resultaron en el Holocausto, los alumnos ganan conciencia de la complejidad del tema y una perspectiva sobre cómo una convergencia de factores puede contribuir a la desintegración de los valores democráticos. Los alumnos llegan a entender que es la responsabilidad de los ciudadanos en una democracia aprender a identificar las señales de peligro y a saber cuándo reaccionar.

El Holocausto se ha hecho un tema central en la cultura de muchos países. Esto se refleja en como está representado en los medios de comunicación y en la cultura popular. La educación del Holocausto puede ofrecer a los alumnos un conocimiento histórico y aptitudes necesarias para comprender y evaluar estas manifestaciones culturales.

Fuente: Task Force for International Cooperation on Holocaust education remembrance and research

jueves, 12 de febrero de 2009

La perversa estrategia de negar el Holocausto


El nazismo usó ocultamiento e impunidad para perpetrar su masacre e intentar borrarla. La humanidad retrocede hasta la peor escala moral si admite los discursos negacionistas.

La planificación de un genocidio por parte de sus perpetradores siempre conlleva dos aspectos bien definidos: por un lado, la destrucción física del grupo humano elegido como enemigo; por el otro, la estrategia de absoluta impunidad que habrá de imponerse a continuación, no sólo para sortear cualquier tipo de enjuiciamiento criminal, sino también para perpetuar los efectos del exterminio en la cultura imperante.

Es por eso que un genocidio no sólo persigue el exterminio de hombres, mujeres y niños en un momento determinado; su erradicación procura la desaparición de la minoría perseguida de una vez y para siempre: borrarlos de la faz de la tierra, como si nunca hubiesen existido. Así, la existencia de la minoría perseguida y destruida, en la cultura impuesta por los genocidas, pasa a ser, en las décadas siguientes, un mito, un rumor. Se procura erradicar no sólo su existencia, también su historia, su cultura, sus raíces. Es que si aquel pueblo jamás existió, entonces tampoco tuvo lugar su criminal desaparición.

La empresa genocida más acabada y bestial, emprendida a partir del empleo de los artefactos modernos más sofisticados, fue la que llevaron a cabo los nazis respecto del pueblo judío, durante la segunda guerra mundial el siglo pasado. En tal sentido, Hitler y sus huestes no lograron el objetivo en forma definitiva, pero sus planes tuvieron un significativo avance entre 1941 y 1945: de los once millones de judíos europeos cuyo exterminio habían procurado, más de la mitad fueron asesinados, entre ellos un millón y medio de niños.

Pero los nazis no sólo se ocuparon del aspecto material del genocidio judío, también dedicaron ingentes esfuerzos al día después a que el exterminio hubiera llegado a su fin, a que el último judío europeo hubiera sido gaseado. Heinrich Himmler lo dijo a sus oficiales en 1943: se trataba de una historia de la que nunca se habló ni se hablaría en el futuro.

La perversa estrategia de ocultamiento e impunidad les fue frecuentemente transmitida a los cautivos judíos por los perpetradores; es muy frecuente leer en las crónicas y biografías de sobrevivientes de la Shoá las soberbias y desafiantes arengas de los captores: nadie quedaría entre las víctimas para contar lo que pasó, y aun cuando alguien escapara al exterminio ¿quién le iba a creer a un pobre judío, privado de familia, amistades y comunidad, frente a la "verdad" monolítica del nazismo victorioso? Claro que la derrota a manos de los aliados impidió que esta estrategia pudiera hacerse realidad.

Sin embargo, aun con la Alemania de Hitler devastada y convertida en una pesadilla del pasado, retazos de aquel mecanismo de cerrojo a la verdad histórica siguieron en pie, pues no todos los vencidos quisieron rendirse ante la evidencia de que habían formado parte del crimen más espantoso que el hombre moderno haya visto.

Ese mismo mecanismo de defensa ha sido empleado, en las décadas siguientes y hasta nuestros días, por aquellos que miran con nostalgia el estado de cosas establecido por los nazis y otros movimientos fascistas en la Europa de entreguerras. Claro que para asumirse partidario del neonazismo hay que defender sin vacilar las consecuencias a las que condujo el discurso del odio racial: la matanza planificada de millones de inocentes, por el solo hecho de habérsele atribuido, de un modo cruel y arbitrario, ciertas condiciones que los identificaban como miembros de una raza enemiga, o inferior.

Como los neonazis saben perfectamente que Babi Yar, Ponary, Treblinka o Auschwitz son palabras que producen un efecto demoledor frente a sus balbuceos ideológicos, el único modo que les queda de intentar defender sus trasnochados postulados es negando la existencia de aquellos episodios. Es aquí donde aparece la funcionalidad del negacionismo. Es que el Holocausto constituye una barrera moral absolutamente infranqueable para quienes hoy en día pretenden detentar la ideología que precisamente condujo a aquella catástrofe. El único modo de superar este formidable obstáculo es poniendo en duda que lo que pasó haya tenido lugar efectivamente.

Pero este ensayo discursivo es imposible de sostener seriamente. Estamos hablando del episodio histórico más documentado de la historia reciente. Y para colmo, en la actualidad, disponemos de casi todas las evidencias a un click a través de Internet.A quienes no se conformen con ello, y además de "documentarse", quieran ver con sus propios ojos los vestigios del horror, no hace falta que recorran las barracas del campo de exterminio de Birkenau, con su sordidez y su carga de muerte; ni que se introduzcan en las cámaras de gas de Majdanek, para ver el aterrador tono azulado adquirido por paredes y techos debido al empleo incesante de los cristales de cianuro de hidrógeno. Basta con una visita al cementerio judío de Varsovia. Un predio vastísimo, doscientas cincuenta mil tumbas, en un estado de abandono absoluto, como si el tiempo se hubiese detenido allí por 1943. Desde aquel entonces, aquellas miles de tumbas quedaron sin nadie que las visite. Como dice Tzvetan Todorov, el exterminio de los judíos tuvo ese efecto suplementario: el de dar muerte por segunda vez a los muertos anteriores, los del siglo XIX; desde ese momento no había ya más memoria que pudieran habitar.

Está claro que el progreso de la humanidad, el evitar que Auschwitz se repita, sólo podrá lograrse preservando la memoria de lo acontecido. Extrayendo las enseñanzas del pasado. Honrando a las víctimas. Todo ello, el exacto opuesto de los discursos negacionistas.

Por: Daniel Rafecas
Fuente: JUEZ FEDERAL, CONSEJERO ACADEMICO DEL MUSEO DE LA SHOA, BUENOS AIRES

Fuente: Diario Clarín.

martes, 27 de enero de 2009

Entrevista inédita con Primo Levi: "Hoy hay demasiados monstruos en el horizonte"

Marco Viglino, un magistrado de Turín acaba de dar a conocer una entrevista inédita con Primo Levi realizada hace tres décadas. Vigliano, que entonces era sólo un joven de menos de 20 años, autorizó ahora una larga conversación jamás revelada con el autor de Si esto es un hombre.

"Marco, vení, está Primo Levi en el teléfono". Marco Viglino tenía 19 años y se estaba preparando para dar el examen de maturitá, en un liceo católico privado, cuando una noche de abril de 1978 lo sorprendió la llamada del escritor de la que nació la entrevista inédita que "La Repubblica" y Ñ Digital publican ahora.

Treinta años después, el autor de esta entrevista se convirtió en juez mientras que en Turín nació el centro de estudios que deberá catalogar el legado y los apuntes del escritor, un trabajo que fue confiado al historiador Fabio Levi, que mantiene silenciosamente el mismo estilo reservado y esquivo que caracterizó al escritor y –que después de su muerte el 11 de abril de 1987- mantuvieron sus herederos, la viuda y los hijos del autor de Si esto es un hombre.

Pero en las escuelas de Turín y del mundo la obra de Primo Levi asume hoy mientras se preparan las iniciativas para "El día de la memoria", un nuevo significado.

Es a la literatura, de hecho, pero también al cine, a la música, al teatro a los que se confía el recuerdo de la Shoah, ahora que los testimonios se vuelven cada vez más extraños.

El 26 de enero en Turín el escritor y director de la feria del libro, Ernesto Ferreol hablaron durante la jornada de estudios promovidas por la comunidad hebraica. "Primo Levi sabía muy bien que la memoria por sí sola no basta, porque la memoria es a su modo, una escritura, una reescritura continua que se aleja cada vez más del recuerdo original. La memoria es un material entre tantos y merece ser verificada y sometida a contrapruebas. Solo así, haciéndola objeto de una actividad de laboratorio rigurosa y continua puede ser una verdadera antropología de la banalidad del mal".

También por esto la entrevista inédita que ahora publica Viglino tiene un valor especial, sobre todo para quien tuvo la suerte de hacerla. "La lectura de Si esto es un hombre me había impactado –cuenta el hoy juez de un tribunal en Turín-. Así había dedicado a Levi la tesis que cada alumno debía preparar para el examen final. Pero una tía hizo una copia y se la dio a una vecina de su casa, que era pariente lejana del escritor. Esa tesis al final llegó a manos de Levi, a quien le gustó y me llamó inmediatamente. Todavía hoy, treinta años después me conmuevo al pensar en la simplicidad de un escritor famoso que llama a un chico desconocido.

Con el teléfono en la mano, Levi le preguntó a Viglino: "¿Hay algo que pueda hacer por ti?" "Quisiera conocerlo", le respondió el adolescente. "Me invitó para que fuera el día siguiente a su casa en Re Umberto. Me hizo acomodar su viejo sofá en el estudio, una pequeña habitación llena de libros. Estaba tan emocionado, que casi no me animé a pedirle que me dejara usar el grabador, pero por suerte, me animé. Ahora su voz, que era bellísima está todavía ahí en un cassette C90 de una hora y media que nunca más volví a escuchar después de escribir la entrevista, porque tengo miedo de que pueda romperse. Pasamos toda la tarde juntos y casi no quedó nada sin que le preguntara".

"Por treinta años –concluye Viglino- esas páginas escritas a máquina quedaron en el cajón, en el escritorio de mi casa, no se las mostré a casi nadie porque era muy celoso de ellas, aunque cada tanto las releía. Pero tal vez fui demasiado egoísta y ahora llegó el momento de compartirlas", asegura.

-Me sorprendió su deseo de dar a conocer su testimonio sobre la trágica experiencia en el campo de concentración. ¿Cuándo nació ese deseo?

-Este deseo, tan común en otros, nació en el Lager mismo. Queríamos sobrevivir también y sobre todo para contar lo que habíamos visto. Era un discurso común en los pocos momentos de tregua que nos concedían. También era un deseo humano: usted no encontrará un detenido en los campos que calle. (No, me corrijo, hay quienes prefieren no contar, por que fueron heridos de tal manera que decidieron o debieron censurar su pasado, lo sepultaron para no sentirlo más sobre ellos). Pero en primer lugar está la necesidad de sacarse el peso, de sacarse de encima lo que uno tiene adentro, aunque también existen otros motivos. Existe acaso también el deseo de hacerse valer, de hacer saber que sobrevivimos a ciertas pruebas, que fuimos más afortunados o más hábiles o más fuertes que otros.

-El punto de contacto entre los primeros libros y los que siguieron de ciencia ficción parecería ser su indignación, primero con lo que respecta a los campos nazis, y después respecto del sufrimiento de toda la civilización, ¿coincide?

-Sí, es una pregunta que muchas veces me hacen y sobre la que no soy el más autorizado para contestar, porque no está dicho que el autor sepa siempre con certeza por qué escribe. Yo tengo dos raíces: una es el sentido del Lager y la otra es el sentido de la química con sus dimensiones. Tenía en mente escribir algo sobre la historia natural un tiempo antes de ingresar al campo. Cuando era estudiante sentía un deseo parecido (no como un proyecto claro y distinto, pero como una vaga aspiración) y encontraba un terreno fértil en mi trabajo de químico. Por eso, después de haber terminado Si esto es un hombre y La tregua no es que haya escrito los demás dos libros: sólo junté algunas ideas y algunos cuentos que ya tenía escritos de antes. Por ejemplo, el primer cuento de Las historias naturales, el del viejo médico que recoge esencias lo escribí antes que Si esto es un hombre. Y, probablemente, si bien los temas son diferentes, también los demás textos se resintieron con la experiencia del Lager de una manera muy indirecta, en una forma de desilusión profunda, como un retirarse de la vida.

-Entre los personajes que encuentran en sus libros, usted muestra una particular simpatía e indulgencia para/con algunos que encarnan la astucia o el arte de aguantársela como César o il Greco.

-Antes que nada, estos personajes actúan en un contexto por demás particular como el del final de la Guerra. Ahora, con este marco diría que sí se puede ser indulgente. Hoy no admitiría un Greco, lo evitaría, me mantendría lejos de él, pero en ese momento lo sentía casi como un maestro. Él solía decir, "la guerra es siempre". Y después también me decía: "ves el calzado bello que llevo: es porque fui a robarlo a las tiendas de los rusos. Tú eres un tonto, no fuiste a buscarlas". Yo respondía que pensaba que la guerra había terminado y que los rusos nos proveerían. "La guerra está siempre", me repetía y, entonces, yo sentía que estaba de acuerdo con él. Actualmente sería mucho más severo en lo que a él respecta, también respecto a César, pero la astucia de César era tan "solar", tan abierta e ingenua en el fondo y a la vez inocua que estaría bien todavía. No sería un censor tan severo como para excluirla de esa manera: era "astucia a la italiana". César engordaba los peces con agua, pero después, delante de los niños hambrientos de la mujer rusa, se los regalaba. Esto forma parte de un arte de vivir que es vieja como el mundo y delante de la cual no se puede ser demasiado severos.

-Esa porción de rebelión que estuvo en la raíz de los primeros libros ¿se atenuó con los años o no?

-Yo corregiría lo de la carga de rebelión, porque la de indignación siempre existió, pero de rebelión no, porque no había manera, al menos para quien estaba a mi nivel. Rebeliones en el sentido técnico siempre hubo en algunos campos. El episodio del hombre que muere gritando "yo soy el último" se relaciona con una rebelión que había habido en otro campo: los prisioneros habían volado los hornos crematorios pocos días antes y este hombre de quien no conozco ni siquiera el nombre, estaba implicado en el caso. Seguramente había conseguido el explosivo. Retomando la pregunta, diría que la indignación sí persiste, pero digamos que ahora está ramificada. Sería estúpido hoy continuar viendo el enemigo sólo ahí, como el nazi, aunque para mí siga siendo el principal. Pero el mundo de hoy es mucho más articulado que el de antes. No eran buenos tiempos los de mi juventud, pero tenían la gran ventaja de que eran nítidos. La alternativa amigo/enemigo era muy nítida y la elección no era difícil. Hoy las cosas cambiaron. Por eso, también la indignación persiste pero erga omnes. Contra muchos, no sólo contra aquellos.

-En la famosa carta a su editor alemán usted dice que no puede entender a los alemanes y que por eso tampoco puede juzgarlos...

-No, dije, que no los entendía, pero sí que los juzgo.

-¿De qué manera?

-Los juzgo mal también a los alemanes de la actualidad. No a todos, claro. Yo tengo muchos amigos alemanes, también por el hecho de que hablo su lengua y me interesan y de que me rehúso a juzgarlos en bloque. Pero debo decir que estadísticamente son un país peligroso. Son un peligro mientras estén divididos en dos y ellos no lo acepten. Son pocos los alemanes que aceptan esta división. También tienen virtudes que se transforman en peligros virtuales como su extraordinaria pasión por la disciplina (que a nosotros –los italianos- nos falta y está mal, pero que a ellos les sobra) por la que están siempre prontos a acomodarse a quien comande, me da miedo.

-¿Y por qué entonces en la misma carta usted dice que los alemanes, además de ser un peligro, son la esperanza europea?

-La carta yo la escribí hace muchos años. En los 60', estaba entusiasmado por el hecho de tener un editor alemán que aceptara publicar mi testimonio, además del contacto que tenía con otros jóvenes alemanes. Me pareció que Alemania era en verdad otra. Entonces parecía un pilar de la democracia, ahora un poco menos, mucho menos.

-¿Cómo reaccionaba al ver compañeros de la tragedia ir todos los días a la muerte a causa de "la selección"? ¿Lo aceptaba como algo de hecho o le procuraba siempre el mismo dolor y el mismo disgusto?

-A la mañana cuando tomaban lista y entonces nos dábamos cuenta de que faltaba alguien, estaba considerado de mal gusto ir al fondo de la cuestión y preguntar demasiado, como sucede hoy cuando alguien muere de cáncer. Nadie habla voluntariamente. Era una forma de aceptación sobre todo porque la reacción hacia el compañero muerto no era muy diferente a la de un muerto natural. Mi amigo Alberto, del que hablé tantas veces, estaba en el campo con el padre. Era un chico muy inteligente y juntos hablábamos siempre de estas cosas sin inhibiciones y sin faltar a la verdad. Pero cuando el padre fue seleccionado, Alberto dijo estar seguro de que lo trasladaban a otro campo. Yo estaba deslumbrado al constatar que mi amigo había construido un reparo imaginario para aguantar una realidad de otro modo intolerable.

-Dada la mortalidad elevadísima que hubo en los campos, ¿piensa que su supervivencia se haya debido a la suerte o a otros factores?

-En primer lugar, yo pienso que el azar jugó un gran papel. Jamás me enfermé, sólo más tarde, de una manera providencial. Estaba trabajando en una fábrica y robaba al laboratorio lo que me pudiera servir para la subsistencia, luego dividía el botín con Alberto. Teníamos un pacto entre nosotros por el que dividíamos fraternalmente cada buen golpe. Un día que había robado té en el laboratorio fui con Alberto a venderlo al hospital donde lo necesitaban para los enfermos. Nos pagaron con una porción de sopa casi helada y empezada. Posiblemente la haya comido un enfermo de escarlatina, por lo que me contagié y me mandaron al hospital. Finalmente sobreviví. Alberto, que era inmune porque se había enfermado de chico, murió en el campo. Otro factor fundamental para mí fue el del obrero Lorenzo, de Fossano, que me trajo durante muchos meses, lo necesario para integrar calorías. Él, que ni siquiera fue prisionero, volvió más desesperado que yo. Era un hombre muy religioso y estaba aterrorizado por lo que había visto. Cuando volvió a Italia, solo y a pie, no quiso vivir más. Comenzó a beber, a mí que lo iba a ver seguido me decía bastante fríamente que deseaba no vivir más, que había visto bastante. Murió tuberculoso e infeliz.

-¿Recuerda algún episodio insólito y que no haya aparecido en sus libros?

-Con nosotros había un médico hebreo. Usted sabe que las religiones prevén ayunos muy rigurosos. En esos días no se come nada y tampoco se trabaja. Este médico a la noche, después del trabajo, le dijo al jefe de la barraca que no quería la sopa porque era día de ayuno y él no podía comer. El jefe de la barraca era un comunista alemán bastante endurecido por su tarea (tenía diez años en el campo sobre sus espaldas) pero, golpeado por la fuerza moral del prisionero, conservó la sopa hasta que el médico terminó el ayuno. Ese acto de humanidad, me impresionó mucho.

-¿Puede establecer una relación entre usted y otros escritores judíos italianos como Natalia Guinzburg y Giorgio Bassani?

-Hay una relación compleja evidentemente. El ambiente de Natalia Guinzburg es mi propio ambiente, los dos tenemos parientes en común. Ella nació como Levi y su hermano era nuestro médico. El ambiente de la burguesía judía de Turín es en el que nací y me crié. El de Bassani es distinto, tanto ella como otros personajes pertenecen a otro burguesía judía, la de Ferrara, que yo conozco más bien poco y que, por otra parte, no me gusta tanto, porque eran una clase bastante consciente de sus propios privilegios y bastante exclusiva, reserva y cerrada.

-¿Por qué razón Guinzburg le rechazó el primer manuscrito de Si esto es un hombre?

-No tengo rencor por eso, (aunque tuve durante un tiempo). Pensé en tantas cosas. Tal vez estaba saturada de manuscritos, ser lector en las editoriales es un mal trabajo. Pero es algo que aun después conociéndonos bien, jamás aclaramos.

-¿Todavía tiene contacto con compañeros de Auschwitz?

-A Enick lo perdí totalmente de vista. Reencontré a Pikolo, el del canto de Ulises; con él nos vemos regularmente, viene de vacaciones a Italia y trabaja como farmacéutico en un pueblo cercano a Estrasburgo. Es uno de aquellos que extirparon todos sus recuerdos, se aburguesó completamente y no ama hablar de estas cosas. Fui a verlo, la última vez, con la televisión italiana, le pedí que nos recibiera y me contestó: "a vos sí, pero sin cámaras". Después aceptó, aunque a desgano.

-¿Qué piensa de los jóvenes de hoy en día?

-La diferencia fundamental entre nuestra juventud y la actual está en la esperanza de un futuro mejor, que nosotros teníamos de un modo clamoroso y que nos sostenía en los peores momentos, incluso en los campos. Había una meta y era reconstruir un mundo nuevo con derechos iguales para todos, donde se aboliera la violencia, queríamos reconstruir Italia para llevarla a un nivel europeo. En cambio, los jóvenes de hoy me parece que tienen muchas menos esperanzas. En general veo que tienden a fines inmediatos y, tal vez, sea muy apropiado en cuanto a que no distinguen otro futuro. Me parece paradójico que haya sido más fácil nuestra juventud, porque hoy hay demasiados monstruos en el horizonte. Está el problema de la violencia, el problema energético, de la contaminación, el mundo está dividido en bloques: hay una total incapacidad de prever lo que vendrá y nadie osa hacer previsiones sensatas de acá a dos años, además siempre persiste el problema atómico. Encuentro pocos jóvenes que piensen en hacer o estudiar de alguna manera precisamente para su futuro. Es la pérdida de los valores, por lo que parece necesario gozar y quemar todo rápidamente.

-¿Por qué dejó pasar quince años entre "Si esto es un hombre" y su segunda obra?

"Si esto es un hombre, se editó en 1947, se imprimieron 2500 copias. Tuve buenas críticas, pero tuve 5 mil lectores. Después de eso no tuve más ganas de escribir, me parecía que había cumplido con mi deber testimonial, con el de haber descargado mis tensiones, no sentí la necesidad de escribir un nuevo libro. Después de muchos años recuperé el deseo, porque se volvió a hablar de la Segunda Guerra y de los campos de otra manera, en un sentido histórico. Hacia el 60 o tal vez antes hubo un ciclo de conferencias sobre el tema y me reencontré otra vez como protagonista. Muchos me incentivaron a contar la segunda parte de mi experiencia, es decir, el regreso de Rusia. Retomé la pluma también por otro motivo, había terminado la Guerra Fría y ahora podía contar la verdad completa, humana. Antes era imposible hablar de Rusia o, sino, se hablaba como si se tratara del infierno o del paraíso. Y yo no me sentía cómodo con semejante ambiente, de escribir un libro-verdad como La tregua. Solo después de la distensión internacional se volvió posible escribir sobre este tipo de cosas en un lenguaje no retórico.


-¿Por qué nació su alter ego Malabila con el que firmó algunos de sus libros?

-Porque en aquel tiempo, de otra forma hubiera sido escandaloso. No hubiera podido, yo, el escritor de Si esto es un hombre, ponerme a contar anécdotas e historias fantásticas. Propuse entonces un pseudónimo al editor, que aceptó con entusiasmo pensando tal vez de inventar conmigo un "caso literario". Después no sucedió nada y retomé mi nombre real.


Fuente: *La Repubblica y Clarín

lunes, 29 de diciembre de 2008

Elie Wiesel: Contra la indiferencia

Con 80 años recién cumplidos, el hombre que fue premio Nobel de la Paz 1986 y sobreviviente de un campo de concentración nazi sigue en pie de lucha. Teme que una tragedia como la del Holocausto pueda repetirse, y cree que el hambre global es como una maldición bíblica


 WASHINGTON.- Elie Wiesel cumplió 80 años en 2008. Pero el laureado Nobel de la Paz y sobreviviente de los campos nazis de concentración apenas si agradece los saludos que le llegaron de todo el mundo. Prefiere, en su diálogo con LNR, hablar de aquello que vendrá, de las generaciones a las que no podrá  describirle la noche oscura que significó el Holocausto. Una tragedia que teme que se repita en alguna nueva y terrible variación, como afirma que lo presagian en cierto modo el genocidio en Darfur o la invasión rusa de Georgia, aunque Adolf Hitler­ encarne por siempre "el ejemplo último" de la maldad terrenal. Wiesel aclara que se obliga a sí mismo a transitar la senda de la esperanza, aun cuando sus experiencias lo inclinan hacia el pesimismo. "Cuando miro hacia el futuro, cuando veo a los niños, a mis estudiantes, me obligo a mí mismo a ser optimista. No puedo poner en riesgo sus bríos con mi desazón. Así que me obligo a mí mismo a serlo", le cuenta a LNR desde su despacho académico de Boston.

El autor de Noche , su memoria de la tragedia nazi -de la que no salieron con vida su padre, su madre y la menor de sus tres hermanas-, ganó el Premio Nobel de la Paz en 1986. Antes y después, el profesor de ojos pesarosos y voz cargada -de acento de Europa del Este y de autoridad- encarnó como pocos la defensa de la paz y la dignidad humana, y la búsqueda del "despertar moral" de quienes perduran indiferentes a todo.

-Después de tantos años de testimonio y ocho décadas de una vida muy peculiar a cuestas, ¿hay algún asunto en particular que hoy concentre más su atención?

-Que haya tanta violencia en el mundo tanta injusticia. Pero también algo que la gente tiende a olvidar, y es el hambre. Hambre en el mundo. Hambre para millones de personas. El hambre es para mí como una maldición bíblica. Yo defino lo que ocurre como "la vergüenza del hambre", porque la gente que tiene hambre se suele avergonzar de eso. Pero no estamos haciendo lo suficiente para remediarlo.

-¿Puede ser que se deba a que nos acostumbramos a ver la hambruna casi como algo "normal"?

-Siempre hubo hambre, sí, siempre existió. En la Antigüedad, en los tiempos bíblicos y en los tiempos modernos también, por supuesto. Pero nunca antes estuvimos tan al tanto de la hambruna como hoy. Sabemos que hoy hay gente hambrienta alrededor del mundo porque lo vemos en los periódicos, en la televisión, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, cuando podía tomar años para que se supiera de una hambruna en una región distante.

-¿Acaso el flujo excesivo de información no tiende a ?adormilar? a sus consumidores, incluso ante tragedias de este calibre?

-Es cierto, eso ocurre, más aún cuando uno ve imágenes día tras día, pero eso no es una excusa. La apatía es una enfermedad, aunque yo prefiero definirlo como indiferencia, y hay que luchar contra ella. Más aún ante algo como la hambruna. Alguien que no ha padecido hambre, realmente hambre, no entiende de qué se trata. La humillación del hambre. Por supuesto que hay tantos otros problemas y asuntos en el mundo que atraen nuestra atención, pero eso no es excusa.

-¿Qué otros asuntos lo inquietan?

-No puedo entender cómo es posible que el mundo le haya permitido a Rusia invadir y oprimir al pueblo de Georgia. O la tragedia que continúa ocurriendo en Darfur. Hay demasiado en juego en el mundo como para permanecer indiferentes. Hay demasiado para sentirnos culpables si no reaccionamos.

-Dada su experiencia de los últimos 60 años, ¿cómo combate esa indiferencia general y constante?

(Suspira) -Se trata de buscar un despertar moral. Lograr que el otro piense que, si un tercero sufre, de algún modo nosotros no estaremos completos. Que nos debemos a aquellos que sufren y que no podemos ser cómplices de una injusticia. Esa es la forma; más bien, no hay otra forma más que esa. La indiferencia, para mí, no es sólo un pecado. Es un castigo. Una persona que es indiferente a otra que sufre, es también indiferente a su propio dolor.

Está incompleto.

-¿Pero cuánto es indiferencia y cuánto impotencia? ¿Qué puede hacer, digamos, un argentino, ante lo que ocurre en Darfur o en Georgia? ¿O ante lo que ocurre en su propio país?

-La impotencia es una excusa. ¿Qué puedo hacer yo?, es la pregunta. Pero durante la Guerra de Vietnam, era la pregunta que también se hacían muchos: ¿qué podía uno hacer para detener esa guerra?, ¿qué puede hacer hoy alguien para parar, solo, la tragedia en Darfur? ¡Por supuesto que eso es una excusa! Si una persona despierta, y despierta a otra, y ésta a una tercera, juntas pueden hacer algo. Mis estudiantes, por ejemplo, firman peticiones, junto a miles más, que se envían a la Casa Blanca, a las Naciones Unidas, sobre Darfur, y elevan el nivel de atención sobre lo que allí ocurre.

-Vayamos un paso más allá: ¿qué puede hacer hoy, por ejemplo, la comunidad internacional frente a desafíos como el que planteó Rusia con su invasión a Georgia?

-Debe llevar la situación a una posición en la que se le plantee a Rusia que si quiere avanzar contra el sistema imperante de las naciones, faltarle el respeto, deberá asumir las consecuencias. No puede invadir a un país sólo porque es más fuerte. Remarcarles que hay implicaciones morales en juego y, por tanto, que se arriesgan a una co dena moral. No creo que Rusia desee recibir una condena por lo que está haciendo.

-Hay incluso quienes trazan paralelos entre lo que Rusia ha hecho con Georgia y los primeros pasos de la Alemania nazi en los 30. ¿Comparte esa visión?

-No (en un tono tajante que no aplicó en ningún otro momento del diálogo).

Esa analogía no es posible. No comparo a nadie ni a nada con la Alemania de Hitler. Cometió crímenes de un calibre que no es comparable. Fueron crímenes de tal magnitud, de tal innovación, que sobre salen, creo yo, como el ejemplo último.

-Usted cumplió 80 y -digámoslo así- ¿se prepara para salir de este mundo como un optimista sobre el presente y el futuro o como un pesimista?

(Se ríe) -Le diré la verdad. Cuando miro hacia atrás, soy un pesimista, dado todo lo que pasó. Pero cuando miro hacia el futuro, cuando veo a los niños, a mis estudiantes, me obligo a mí mismo a ser optimista. No puedo poner en riesgo sus bríos con mi desazón. Así que me obligo a serlo.

Por Hugo Alconada Mon
(Corresponsal en EE.UU.)
revista@lanacion.com.ar

Wiesel y la negación

WASHINGTON.- El 1° de febrero de 2007, un muchacho de 22 años, Eric Hunter, atacó a Elie Wiesel en un hotel de San Francisco. Intentó meterlo en una habitación y forzarlo a declarar que el Holocausto no había existido. No lo logró y se escapó, pero un mes después fue arrestado. En julio de este año fue condenado a dos años de prisión y sometido a tratamiento psicológico.

Durante la audiencia en la Corte, leyó un pedido de disculpas al laureado académico. Dijo que se nutrió de "teorías conspirativas antisemitas en Internet", pero que ya no negaba la barbarie nazi. Pese a la retracción del muchacho, Wiesel se mostró muy cauto sobre lo ocurrido. Se definió "traumatizado" aún por el incidente de 2007, y dijo que no comprendía a quienes niegan hoy el Holocausto, que eso y que haya gente que financia y alienta esas teorías, era para él un "enigma". Gente que, planteó, quizá padezca un "trastorno moral", más que mental.

-¿Ve en el arrepentimiento de Hunter quizás una suerte de metáfora de algo más amplio, tal vez la posibilidad de que el ser humano progrese?

-No he visto su carta, así que sería impropio opinar, pero puedo decirle que estuvo muy traumatizado por lo que ocurrió. El fue el primer negador del Holocausto que usó la violencia contra mí. Luego admitió que quería secuestrarme y mantenerme bajo su custodia hasta forzarme a admitir que el Holocausto no había ocurrido. Sé que hay muchos en el mundo, demasiados, que desafortunadamente aún niegan el Holocausto, pero él fue el primero en ejercer la violencia, lo cual lo torna un caso especial. Por supuesto que luego invocó que padecía una insania, pero eso es una estrategia legal, así que no sé qué decirle.

-¿Cómo se explica que más de 60 años después aún haya quienes niegan el Holocausto?

(Suspira) -Pienso que quizás así como hay gente con trastornos mentales, también los hay con trastornos morales. Hay quienes padecen una locura mental y hay quienes padecen una "locura moral". Esto quiere decir que son gente que comprende lo que hacen, aunque de un modo distinto. Pero jamás me senté a discutir con alguien que niegue el Holocausto; jamás concedí a nadie la dignidad de un debate. Para mí es un enigma que una persona tan joven como ésta (por Hunter) casi destruyera su futuro para hacer lo que hizo, para intentar probar que el Holocausto no existió.

-¿Qué reacción le genera?

-Me pregunto por qué lo hacen, por qué intentan negar algo así, de qué se trata, cuán profundo es. Le daré un ejemplo: cuando recibí el Premio Nobel hubo una manifestación realizada por los negadores europeos del Holocausto. ¿Quién los congregó? ¿Quién los ayudó con la logística? ¿Quién pagó sus viajes y sus hoteles? Me contaron luego que tenían mucho dinero a disposición. ¿Quién les dio todo ese dinero? No lo sé, pero es desalentador. 

Fuente: Diario LA NACION. 28/12/08

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Literatura y Holocausto

Compartimos el trabajo realizado por alumnos de 5º año Bachillerato Mercantil de nuestra Institución.

Literatura Y Holocausto
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Clementoni, Javier
Hoorn, Virginia
Petit, Carolina
Polti, nicolas
Spinetta Pamela

jueves, 13 de noviembre de 2008

Teatro y Holocausto: Reseñas de Obras

Obra de teatro "HELDENPLATZ"




Cine y Holocausto

Cine y Holocausto
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martes, 14 de octubre de 2008

Arte y Holocausto - Producción de alumnos

Compartimos una producción de alumnos de 5ºAño de Nivel Secundario (Modalidad MERCANTIL) del Colegio Francesco Faá di Bruno, Ciudad de Buenos Aires, Argentina. La presentación es acerca de producciones pictóricas de artistas acerca de la Shoá. Este trabajo fue realizado con la asistencia de la Profesora Gabriela Barbará Cittadini, de Literatura.

We share a production of students in 5th Year of High School (MERCANTIL mode) of the Francesco Faà di Bruno School. City of Buenos Aires, Argentina. The presentation is about productions of paintings by artists about the Holocaust. This work was undertaken with the assistance of Professor Gabriela Barbará Cittadini, for Literature.

Arte Y Holocausto
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